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¿Qué ocurre en la mente de un procrastinador?

¿Cuántas veces hemos dicho “esto lo hago luego” y ese “luego” nunca ha llegado?

Todo tiene una explicación desde la #neurociencia.

Si sois de las personas que dejan siempre todo para después, o conocéis a alguien que siempre lo hace, muy atentos a al siguiente artículo.

Pero, ¿Qué es la PROCRASTINACIÓN?

Pone nombre a esas situaciones en las que se posterga una actividad o situación que debe atenderse. Lo frecuente es sustituir esa actividad o situación por otra que sea más agradable y, por lo general, más irrelevante. De este modo, no se atiende a algo que es importante y se deja “para después”.

Os vamos a poner un ejemplo que seguro conocéis:

Cuando se trata de escribir un trabajo o empezar una tarea que parece tortuosa se podría decir que las personas se pueden dividir en dos grupos: aquellas que lo hacen de inmediato y aquellas que, primero, prefieren hacerse un café, después una siesta, antes tienen que comer y…mejor, lo terminan dejando para mañana porque ya se ha hecho demasiado tarde.

Es una conducta en la que casi todo el mundo cae alguna vez. Sin embargo, para algunos se convierte en un problema severo.

La doctora Barbara Oakley, profesora de la Universidad de Oakland, ha recogido información acerca de lo que dicen las neurociencias sobre la procrastinación. En principio, señala que las investigaciones sobre el tema apuntaron a que los procrastinadores crónicos tenían dificultades en las regiones neuronales asociadas al autocontrol y la regulación emocional.

Ajustar el funcionamiento de esas zonas es posible. El problema es que para hacerlo se requiere un ejercicio de autocontrol, lo que nos lleva a un círculo vicioso. ¡Pero esto no es todo!

Otras investigaciones al respecto señalan que los procrastinadores tienen problemas para reparar su estado de ánimo a corto plazo. Sienten malestar y no lo solucionan de forma inmediata. Así mismo, hay una especie de separación entre la percepción del yo presente y el yo futuro.

Dicho de una forma más sencilla, la procrastinación es una forma de afrontamiento que apuesta por los beneficios que se obtienen de manera inmediata.

¿POR QUÉ FUNCIONAMOS DE MANERA TAN DISTINTA?

Según un reciente estudio, publicado en la revista científica Psychological Science, parte de la respuesta estaría en nuestro cerebro.

Científicos de la Universidad Ruhr de Bochum (Alemania) analizaron los cerebros de 264 hombres y mujeres, a través de imágenes de resonancia magnética, y se les pidió a los mismos voluntarios que rellenasen una encuesta para calificar, desde su punto de vista, cuánto de impulsivos se consideraban. A partir de estos datos cada participante recibió una puntuación para la “orientación de la acción relacionada con la decisión”, que les permitió a los investigadores dividir al grupo entre los procrastinadores y los que no lo son.

Al cruzar estos resultados con la imágenes magnéticas el equipo se dio cuenta que las personas que tenían un puntaje bajo, los procrastinadores, tenían en promedio una amígdala más grande, la región del cerebro asociada con el control de emociones como el miedo y donde se inicia la respuesta de lucha o huida.

«Las personas con mayor volumen de amígdala tienden a ser incapaces de regular ciertas emociones, pensamientos y comportamientos, por lo que dudan en iniciar una intención, así como a retrasar el inicio de las tareas sin ninguna razón», concluye el estudio. En otras palabras, según lo explica el portal del World Economic Forum, “las personas que posponen las cosas pueden ser mas cautelosas, en lugar de perezosas”.

«Básicamente, vimos que en las personas que postergan las acciones los centros de miedo se iluminan mucho más». Hay mucho miedo relacionado con el trabajo, por lo que necesitan retrasar su inicio.

La anterior descripción tiene que ver mucho con el perfeccionismo. Con la idea idealizada de que dentro de unas horas, unos días o unos meses, el trabajo va a salir mucho mejor. Con el hecho de que la labor la tarea tiene que quedar “tan perfecta” que tememos empezarla justo ahora.

Por esto, los psicólogos del estudio hablan que es mejor pensar en excelencia que en perfección. “Los perfeccionistas se miden por su último trabajo. Si no fue perfecto, su autoestima disminuye”. Mientras, “la excelencia es donde tu valía se convierte en quién eres, y no hay tanto énfasis en probarte a ti mismo cada vez”.

EL DOLOR Y LA PROCRASTINACIÓN

Otra hipótesis interesante señala que algunas personas llegan a sentir “dolor” en el cerebro al hacer alguna actividad que les resulta desagradable. En esos casos, se activa un mecanismo llamado “red neuronal por defecto” para aliviar esa sensación. Esta red se activa cuando una persona está atascada frente a algún problema al que no le ve solución.

Según esta tesis, las personas resuelven problemas gracias a rutas neuronales previamente marcadas. Es decir, se soluciona la dificultad con el aprendizaje previo. Cuando una persona se atasca es porque no cuenta con referentes. Es allí cuando se activa la red neuronal por defecto y la mente comienza a divagar.

A partir de esto, se concluye que lo peor que una persona puede hacer es insistir en superar ese bloqueo. Lo indicado es alejarse del foco de la dificultad, en otras palabras, descansar. Esto ayuda a que se active un foco difuso y el cerebro comience a elaborar una nueva ruta de acción.

Así pues, la procrastinación se evita haciendo algo tan simple como descansar. Si una persona lleva a cabo una actividad que le resulta desagradable, o frente a la cual está bloqueada, lo mejor es que haga pausas cada vez que sienta la necesidad de hacerlo. De este modo, es probable que pueda empezar o terminar esa tarea que le apetece tan poco.

Para saber mucho más sobre este tema os dejamos la nueva participación de Neurorachel el pasado sábado en el programa de Cadena 100 En Pocas Palabras con Christian Gálvez.

Si eres inquieto y quieres saber más sobre neurociencia o neuromarketing, te invito a descubrir mi biblioteca personal

¿Por qué todavía sigo pensando en mi ex?

La neurociencia tiene una respuesta para ello, y es que, en resumen, somos esclavos de nuestra propia bioquímica.

¡Os contamos todo en el artículo de hoy!

Helen Fisher, antropóloga de la Universidad Rutgers (USA), recoge en su libro «Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico» las conclusiones a las que ha llegado tras estudiar las raíces psicofísicas del amor durante más de 35 años.

El proceso del enamoramiento se desarrolla en TRES FASES: lujuria, fase de atracción o enamoramiento y compromiso, que desatan distintos procesos bioquímicos en tres áreas diferenciadas del cerebro.

  1. LUJURIA: Durante la primera fase, en la que el deseo sexual es más fuerte, serían la testosterona y los estrógenos los que toman las riendas.
  2. ENAMORAMIENTO: En esta segunda fase experimentamos los sentimientos más encontrados y atravesamos por episodios obsesivos. Descienden los niveles de los químicos nombrados previamente y suben los de adrenalina, dopamina y serotonina. La adrenalina explica la afectación física que adquiere el amor y se traduce en nerviosismo, transpiración o pupilas dilatadas. La dopamina está relacionada con el modo en el que nuestro cerebro regula el juego entre deseo y recompensa, y sería responsable de la sensación de necesidad que experimentamos respecto a la persona amada. Por último, la serotonina cambia el modo en que pensamos; cuando nos enamoramos, los niveles de este neurotransmisor ascienden hasta equipararse con los de cualquiera diagnosticado de transtorno obsesivo-compulsivo, lo que nos impide darnos cuenta de que estamos cayendo en un proceso obsesivo irracional.

3. COMPROMISO: Finalmente, la fase más duradera, donde serían la hormona antidiurética y la oxitocina las que nublan nuestro sentido. La primera, entre otros efectos, contribuye a que adoptemos una actitud monógama. La segunda -cuyos niveles se disparan entre las mujeres tras el parto y durante la lactancia-, es responsable de nuestro deseo de tener hijos. Producimos más cantidad de ambas cuando vivimos en pareja y en particular, a través del contacto físico. «La oxitocina desata una red de actividad cerebral que amplifica las señales visuales, los olores y los sonidos» explica Larry Young, profesor de Psiquiatría de la Universidad Emory (Estados Unidos). Eso, junto a los efectos de los opiáceos naturales y la dopamina del cerebro, y los rasgos de tu pareja romántica (estructura facial, color de ojos y pelo, olor corporal…) dejan una especie de huella neuronal. Esas preferencias se conectan al sistema de recompensas, como una adicción.

La ruptura amorosa: «Después de poner fin a una relación romántica tenemos esta notable capacidad de olvidar las partes malas y centrarnos en las nuevas. El cerebro desarrolla vías basadas en patrones aprendidos. Así que, si estableces un poderoso patrón de que esa persona era tu compañero de vida, tu cerebro puede retener rastros de ese patrón, incluso después de que te hayas unido a alguien nuevo», explica Helen Fisher.

¡Pero todavía hay mucho más!

Robin Dunbar de la Oxford University, sostiene que son las endorfinas las verdaderas responsables de las relaciones duraderas. Si la hormona sexual, la serotonina o la vasopresina nos llevan a enamorarnos, sería la endorfina la responsable de que sigamos enamorados durante años. La oxitocina, «tiene una vida relativamente corta, demasiado para contribuir de forma significativa a la consolidación de una pareja duradera. Para explicar estas relaciones necesitamos algo más robusto, más persistente: es ahí donde entran las endorfinas».

El sufrimiento tras la ruptura se debe a la interrupción violenta de todos procesos bioquímicos descritos previamente. El neurotransmisor tiene un efecto sedante y analgésico similar al de los opiáceos, y está demostrado que el hipotálamo y la pituitaria los producen durante la excitación, el dolor, el orgasmo o el ejercicio, además de cuando comemos chocolate o picante. Son una sustancia adictiva, lo que también explicaría el patrón de comportamiento que adquieren muchos enamorados, que parecen incapaces de vivir el uno sin el otro y emprenden las relaciones que llamamos dependientes.

Si el amor es «algo complicado», según Dunbar, es porque consiste en un proceso diseñado evolutivamente para que nos enganchemos a otra persona. Interrumpir ese proceso resulta siempre traumático, pues el cerebro se ve obligado a abortar violentamente su estricto programa de hormonado. Ante la ausencia repentina de aquella persona a la que profesamos amor, nuestro cuerpo no sabe cómo reaccionar, pues a esas alturas del proceso ya estamos inundados de hormonas que nos empujan a comportarnos de una forma que choca frontalmente con la realidad. Estamos a merced de nuestra propia bioquímica.

Para finalizar, es muy interesante la perspectiva que muestra Eckhart Tolle, guía espiritual, al tratar el concepto cuerpo-dolor, para superar una ruptura. El cuerpo del dolor se alimenta de la energía negativa que hay en nosotros o en los demás; de aquí la necesidad de culpar, victimizarnos, discutir, tener sentimientos negativos hacia los otros, criticar, juzgar, quejarnos, pensar lo peor, etc.

Lo más importante será entonces reconocer el cuerpo-dolor nos permitirá salir del «modo bucle» tras una ruptura, para así acabar con él.

Esperamos que hayáis disfrutado este artículo y hayáis podido descubrir un poquito más sobre la neurociencia aplicada a nuestro día a día.

Os dejamos la entrevista de NeuroRachel del pasado sábado 18 de septiembre en el programa de Cadena 100 con Christian Gálvez para descubrir más sobre el tema.

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